Tras un breve paréntesis como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial (en la que Holanda padeció los efectos de la ocupación alemana), los contactos comerciales se reanudaron en 1950. Al año siguiente, el príncipe Bernardo, cónyuge de la reina Juliana, concretó una visita oficial a la Argentina para consolidar la relación comercial.
Su gestión redundó en ventas de material ferroviario y -según versiones nunca confirmadas- miles de armas que estaban destinadas originalmente a la Policía Federal pero que habrían acabado en manos del sindicalismo peronista. El príncipe, con fama de mujeriego, quedó encandilado por la belleza de Eva Perón. A tal punto que le obsequió un collar de perlas y algunos medios holandeses llegaron a deslizar la hipótesis de un supuesto affaire.
La primera y mayor oleada migratoria data de 1888 a 1892, cuando unos 4 mil holandeses, escapando de la pobreza y en busca de la prosperidad que asomaba por estos pagos, llegaron al país gracias a los pasajes subsidiados que otorgaba el Gobierno argentino. Alrededor de 50 familias fueron las pioneras: zarparon de Rotterdam y llegaron a Buenos Aires a bordo del vapor Leerdam, a mediados de 1888. Todos fueron alojados en un principio en el Hotel de los Inmigrantes y luego trasladados en tren a la ciudad de Tres Arroyos.

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